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Los Cabos: dos mares y un fin de semana
En la punta de Baja California, la tierra termina en un arco de roca donde se juntan dos aguas: el Pacífico abierto por un costado y el Mar de Cortés por el otro. Jacques Cousteau bautizó a ese mar como “el acuario del mundo”, y basta una mañana a bordo para darle la razón. Todo Los Cabos gira en torno a ese contraste: desierto que llega hasta la orilla, y un mar que cambia de humor según de qué lado se le mire.

Buena parte de lo que atrae a la gente sucede en el agua. La pesca deportiva es de las más celebradas del mundo, y de diciembre a abril las ballenas jorobadas pasan tan cerca de la costa que se ven desde la cubierta. Cuando el mar se calma aparece la otra Baja: campos de golf de firma tendidos entre cactus y acantilados, y una escena gastronómica que convirtió a San José del Cabo en destino por derecho propio, con sus galerías y el recorrido de arte de los jueves por la noche.
Cabo San Lucas, al oeste, marca el pulso contrario: la marina, los yates, las mesas que se llenan al caer el sol. Entre ambos se extiende el Corredor, unos treinta kilómetros de resorts frente al mar donde muchos viajeros pasan el fin de semana entero sin sentir que les falta algo.

Para quien llega en privado, la geografía juega a favor. El Aeropuerto Internacional de Los Cabos (MMSD) es la principal puerta ejecutiva, con vuelos directos desde buena parte de Norteamérica; para estancias más cerca de la marina, el Aeropuerto Internacional de Cabo San Lucas (MMSL), más pequeño, ofrece otra terminal privada. En cualquiera de los dos, el trayecto de la pista al hotel se mide en minutos, no en conexiones. Es un destino hecho para ir por poco tiempo y volver sin la sensación de haber gastado el viaje en llegar.
Un fin de semana basta: mar por la mañana, golf o spa por la tarde, una cena sin prisa con el desierto encendiéndose de naranja. Los Cabos no pide grandes itinerarios. Pide, apenas, tiempo bien puesto.



























